En su prefacio podemos leer, como presentación al libro:
El título de la presente obra: “Relatos Didácticos Orientales para toda la familia”, pareciera que
es muy claro en su concepción, pero creo que, si te detienes a pensarlo, amable
lector, no lo es tanto, pues ¿qué entendemos por “oriental”?
Si analizamos la palabra en términos geográficos parece
claro para los europeos, Oriente es la zona que está hacia la salida del Sol,
pero, en ese caso, Occidente sería la zona que está hacia el ocaso, ¿y donde
dejaría eso a Europa? ¿en una tierra de nadie? Por otro lado, hay que ver que
para los chinos Oriente sería Oceanía, e incluso el vasto continente americano,
pues está en la zona más allá de donde surge el Sol, es más, para los
habitantes americanos Oriente sería Europa, pues estamos en un planeta esférico
(como todos los conocidos).
Viendo esto, sería un problema semántico el hablar de
Oriente u Occidente, pero como nuestra cultura considera (falsamente) a Europa como
la cuna del centro de la civilización mundial, afirmamos que Oriente está en el
continente asiático y el resto es considerado como Occidente. Habrás detectado que
he indicado que considerar a Europa como el centro de la civilización es una
falacia, y esto se demuestra fácilmente: cuando Europa aún estaba en la Edad de
Piedra los chinos ya estaban en la Edad de los Metales, y mientras en Europa comenzaban
a iniciarse los rudimentos de la escritura (en realidad en Mesopotamia, que se
considera, curiosamente, Oriente Próximo), los chinos ya llevaban varios siglos
escribiendo sus enseñanzas en grandes volúmenes fabricados con tiras de bambú
(y eso sin mencionar que la primera civilización en imprimir libros fue la
china).
Por todo lo dicho, si antes hubiera usado el término
“asiático” en vez de “oriental”, también estaría cometiendo un grave error,
pues dentro de la cultura oriental está comprendida también la nacida en el
Al-Ándalus del medievo español o la surgida en la península arábiga. Por ello,
prefiero usar el amplio término: “Oriente”, al referirme a la colección de
relatos aquí incluidos.
Una vez aclarado esto, presentaré la obra como si no lo
hubiera hecho…
El volumen que tienes en tus manos, amable lector,
contiene una selección de relatos cortos de mi autoría, inspirados por fábulas
y leyendas que leí o escuché hace mucho tiempo, y que, en su mayoría, he ido
contando a mis alumnos y discípulos de Artes Marciales y de Vida, cuando
impartía clase regularmente, y quería trasmitirles algún mensaje didáctico o
moral; para la presente edición los he escrito (o reescrito, en el caso de
aquellos que ya habían sido publicados con anterioridad) basándome en mis
recuerdos y adornándolos con mi imaginación, por lo que todos estos relatos son
de mi autoría, aunque estén basados en otros antiguos de distinta producción,
en su mayoría realizados por autores anónimos.
La presente recopilación está compuesta de treinta y
cinco relatos que pertenecen todos ellos a la categoría de apólogos, esto es,
cuentos o relatos didácticos, siendo narraciones que proporcionan y trasmiten
enseñanzas con los consejos y valores morales que quería trasmitir a mis
alumnos y discípulos, y que tú, amable lector, seguramente agradecerás, tanto
por su belleza y entretenimiento como por las enseñanzas que trasmiten. Para
aclarar qué tipo de relatos encontrarás en la presente obra, he incluido, tras
este “Prefacio”, una “Introducción”, en la cual los presento y
analizo.
Notarás que muchos de los relatos incluidos incluyen
moralejas y mensajes moralizantes (y en el caso que no lo hagan expresamente,
se pueden deducir con facilidad), intentando que el lector aprenda con ellos
los sólidos valores morales que siempre he trasladado (y continúo haciendo) a
mis alumnos y discípulos, para que lleguen a convertirse en mejores personas,
en verdaderos ejemplos a seguir por los demás. Comprobarás que muchas de estas
narraciones tienen un único y claro mensaje, mientras que de otras se pueden extraer
varias enseñanzas, dependiendo de la perspectiva desde la que se observen y
analicen. Resaltando que entre las primeras podemos encontrar, por ejemplo: el
mensaje del respeto y de no dejarse engañar por las apariencias (en “No hay enemigo pequeño”), la lucha
contra la violencia y el descontrol anímico (en “Los clavos en la puerta“), la ética y la autocrítica (en “La persistencia del pecado”), el poder
de la sensatez (en “El sentido común”),
la autoconfianza (en “El valor del anillo“),
la constancia (en “La piedra de jade”),
la inutilidad de los juicios de valor anticipados que ofuscan la mente (en “El guerrero invencible”), la compasión (en
“El helecho y el bambú”), y un largo
etcétera.
Comprobarás que alguno de los relatos, aunque todos sean
cortos, son de una gran brevedad, casi como si se tratara de anécdotas, pero
esta era una forma literaria muy común en la antigüedad, sobre todo en China
(dentro de lo que llamaban ku wen -guwen, en pinyin- o “texto antiguo”), para educar a las
gentes más humildes, las cuales no solían centrar la atención más que unos
pocos minutos, por lo que si la narración fuera muy larga habrían perdido el
hilo de esta y el interés por seguir escuchando; hay que tener en cuenta que la
manera habitual de comunicación de estos relatos era la oral, y solía consistir
en un maestro que se colocaba ante varios alumnos con el fin de educarles, al
trasladarles ideas moralizantes a través de atractivas historias que atrajeran
su atención, aunque solo fuera por unos instantes (como hacía Jesucristo con
sus parábolas), también era muy común encontrar a narradores itinerantes, que
usaban este sistema, los cuales recibían alguna moneda (o alimento) tras
divertir a las buenas gentes que se acercaban a escucharles.
Al concluir cada uno de los relatos incluiré una serie de
comentarios, que indicarán como se gestaron, la intención que tuve al
escribirlos y otras observaciones que pudieran interesar al lector, incluyendo
si han sido publicados con anterioridad y dónde (incluso algunos de ellos han
formado parte de otros relatos publicados, o los han inspirado), o son inéditos,
hayan sido escritos para la presente edición o no (lógicamente, aquellos
relatos que han sido escritos expresamente para ser incluidos en esta
antología, son relatos inéditos, y por ello, no hará falta que lo indique).
Además, en dichos comentarios incorporaré información histórica y literaria
sobre las historias originales que dieron como resultado las presentes
narraciones, teniendo en cuenta que, aunque muchos de estos relatos incluyan
datos históricos reales, no dejan de ser ficción, por lo que los hechos
descritos, con seguridad, no ocurrieron exactamente de la forma descrita.
He de aclarar además que, aunque el título de esta obra
sea “Relatos Didácticos Orientales para
toda la familia”, no encontrarás ningún relato de origen japonés, pero eso
tiene una razón muy sencilla, aquellos que he escrito basándome en antiguas
historias de esta nacionalidad los he recopilado en otra obra (“Relatos Didácticos Japoneses para toda la
familia”), la cual espero que también leas, si te gusta esta que tienes en
tus manos.
Antes de terminar este “Prefacio”, me gustaría indicar que los nombres y términos que
aparecen en chino los escribo con transcripción fonética castellana[1], aunque en
algunos casos indico también, entre paréntesis, su moderna transcripción
oficial china, esto es, incluiré su versión pinyin, algo que indicaré cuando lo
haga.
Ya solo me queda, amable lector, agradecerte el haber
adquirido esta obra, apoyando con su lectura el pobre talento de este humilde
autor, muchas gracias.
F. Javier
Hernández.
(Madrid, 2022).
[1].- Esto es,
lo escribiré tal y como se pronuncia en español. Por ejemplo: “dragón” en pinyin se escribe “lóng”, y la transcripción que yo usaría
sería “lung”, en lugar de la
transcripción Wade-Giles, que es el método británico de romanización del chino
que suele ser usado en todos los países de lengua inglesa, los cuales escriben,
en este caso, “loong”, aunque en
todos los idiomas se pronuncie (aproximadamente) como “lung”.

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